Revista Internacional de Poesía "Poesía de Rosario" Nº17
 
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Luis Benitez

 




Un nombre trabaja mientras cae la nieve
 
Entre unos cobertizos con pilas de basura en cada puerta
Armados de apuro por la fatiga del caballo y del brazo
Todavía tres días después de la derrota un ciego canta.
 
De pie sobre una montura que apenas lo eleva del suelo
En la pendiente entre los pinos canosos
Y el indiferente vociferar de los tendidos que piden
Su puchero y su vino y una ramera que vieron
Antes de llegar a Quíos un ciego canta
Al ritmo de su lira de madera.
 
Sentado en la penumbra su criado deja el ojo asustado
Volar por los rostros cuando los alumbra el fuego
No lo distrae vigilar las mulas sino el cálculo
De la moneda de bronce que el oficial cansado
Le dejará en la mano cuando el ciego calle
Y él recorra los fogones con el sombrero en la mano
Y una sola palabra en la boca: “Caballeros…”
 
Alguien sale de su tienda remendada absorto
Camina dos pasos y se queda mirando al ciego
Y no ve nada por el peso de una decisión
Que le concierne y no ha tomado.
Una decisión que nada tiene que ver
Con las batallas. Alguien orina y se ríe
Contra un árbol. Otro borracho se calza
El casco de bayas crines de caballo
Aúlla un juramento horrible y se desploma
entre los camaradas de corazón fraterno.
 
Alguien busca en la radio no sabe qué ni dónde encontrarlo.
Sólo produce una voz multicolor
Sin partes pero su afán es largo.
 
El ciego tiene un traje nuevo y una voz ya entonces
Ronca donde se quedó el invierno. Hace una pausa
Y bebe lo que le alcanza un interesado -el único-
En volver a escuchar cómo enloquece Ajax
O qué suerte le aguarda a Héctor como si el ciego
Fuera a cambiar el suceder ficticio
Más severo que el otro.
 
Aunque, ¿quién obliga a esa bella palabra caballo
A referirse a esa sombra plateada?
Entre el sonido y la bestia
Algo contento pasa.
 
En el derrotado y ruidoso campamento
Donde ya las brasas se consumen
Las brasas que a lo lejos semejan
El dibujo de un archipiélago
En los mares oscuros fulgurante
Mientras la nieve vuelve
Y las otras voces se apagan
En murmullos
Mientras la nieve vuelve
Un ciego canta cerca de su criado
Y de sus fardos y nadie
En la región sabe su nombre.
 
Un camino insuficiente será posible:
Dividir el mundo entre el ciego y alguien.
 
“Canta, odiosa, la cólera de Aquiles.
Bueno, desde entonces sólo amo dos cosas:
Los enigmas, las paradojas y los juegos de palabras,
Donde la palabra cazador aguarda inmemorial
El imposible paso de la palabra ciervo
Por el laberinto de la palabra diccionario
Para manchar de repetidas palabras sangre
La palabra verde. Queda claro mortales
Que yo no me visto para los otros
Sino solamente para mí.”
 
 
 
Underground New York
 
Arriba sopla el cannabis
El viento de la ciudad entre los que hablan solos
Y aquí abajo los trenes brillan y van y vienen
Por el cribado laberinto. La mujer negra borracha sola
A medias incorporada sobre el banco de la estación Lexinton
Le explica interminablemente al prudente policía
-Oigo apenas entre el bosque de sombreros que sonríen
Las blancas manos que aprietan sus carteras
Los impávidos latinos que como yo
Son bárbaros en la farsa de Roma-
Los detalles de una muerte –es su esposo un niño o su trabajo-
Que la llevaron al abandono de la recta vertical de su cuerpo larguísimo
Al charco que bajo el banco de la culpable se derrama. Al abandono.
Entonces la pequeña japonesa
-Dónde dejó la vitrina minúscula de su caja de música
El tu-tu absurdo como la envoltura de un bombón
A mitad de camino entre los agujeros de las medias de baile
Y la cara de la loca-
Hizo un rotundo croisse
Burlando con su pelo de teñido amarillo
Las mandíbulas verticales
Clavada en puntas de pie sobre el piso en movimiento
Un lago de los cisnes a toda carrera
Bajo el piso nevado de Manhattan.
 
Luego el vaso blanco de su delicado y dignísimo gesto
Entre saltos y reverencias y miradas a otra parte
Sin abandonar el otro lado desde donde no nos miraba.
Dónde estaba la pequeña japonesa
En qué salón de luces y de aplausos
Cuando en medio del vagón inclinó el tronco y la cabeza
Y extendió las manos de uñas despintadas
La boca torcida por su risa demente.
 
En el fondo del vaso sola como su alma la moneda.
 
 
 
La suerte del amor en la posmodernidad
 
Alguien dijo que nada queda de distinguido en este mundo
Salvo el hábito de la cacería de osos polares
En el verano ártico. Aunque parezca obscena,
Es una actividad ejecutada seriamente:
Familias enteras viven de este afán de conservar
Algo distinto, inmaculado todavía.
 
Hay hombres serios cada primavera calculando
Que con lo que dé el verano enviarán en invierno
A sus hijos a la escuela. Sucede en tierras tristes:
Kholokohak, Furstboro, Saint Felicien
Son algunos de esos lugares donde,
A medida que se retiran los mosquitos
Y la niebla cede, tienden la vista a lo lejos
O acechan el teléfono, atentos
A la agencia que solicitará sus servicios.
 
Dos meses después, cuando todo haya sido concertado,
La aurora boreal hará iridiscente el paisaje cubierto
De nieve sucia mezclada con barro y ramas,
Grandes montones peligrosos por donde
Estos hombres graves fumarán sus Marlboro
Guiando pausadamente al extraño al mismo sitio,
Al mismo oso muerto el verano anterior.
 
Luego las fotos, los mesurados festejos,
La alegría que tiene que haber en ese momento.
La alegría es un deber como cualquier otro.
 
Cualquiera sabe que la ballena azul
Es el más grande animal que jamás haya existido
Y que no se conoce actualmente su número,
Aunque se estima que quedan demasiado pocas
Para el decoro del planeta.
Un animal tan enorme debe ser, asimismo, conservado.
 
Los sonares y electrodos de la base de estudios de la vida marina en Maryland
Han detectado un nuevo sonido emitido por las grandes azules:
Es como un aullido asqueroso, un chillido de miles de ratones
Encerrados en las bocas de estas bestias, donde pueden
estacionarse cómodamente algunos automóviles.
 
Achicharra los nervios escuchar ese sonido.
Hace veinte años no existía.
Pero los códigos sólo se conservan desde entonces.
Se dice que son tan pocas, que han desarrollado
Ese sonido especial para llamar al imposible otro
De su especie. Es el deseo, que busca su eficiencia.
 
Que a veces, pasan su vida entera recorriendo
Los siete o más mares que hay buscando, buscando.
Finalmente mueren emitiendo ese sonido,
Cada vez más débilmente, hasta que cesa del todo
Y unas decenas de toneladas de carne se depositan
En el légamo del fondo del sueño.
 
Una remesa nueva y silenciosa, al cabo de un tiempo
-fácilmente calculable- trocada en alguna capa más
de grano fino que engrosa la cubierta.
 
También están el tipo la tipa que descubren en la carroña
Que les ha tocado en suerte muy buenas cualidades:
La nobleza es una cuestión de la imaginación. Hace la vida
Más llevadera desde el desayuno hasta la cena.
 
Luego, lamentablemente, se sueña toda la noche con lombrices,
Grandes lombrices anilladas que te comen las articulaciones lentamente.
Tienen todo el tiempo de este mundo.
 
Pero ella/él son lo mejor que nos podía haber pasado.
Mira si no todavía fresca esa gotita de sangre,
Esa gotita, que es todo lo que queda aquí, a la vuelta,
Del desgraciado/la desgraciada que se había animado
A vivir sólo consigo. Entiéndase: a solas con todo Eso.
 
Claveteando la puerta infatigablemente, arrimando muebles,
Poniéndole toda suerte de obstáculos, hasta comprender
Que es el monstruo mismo quien nos alcanza los clavos.
 
Desgraciadamente para ellos, los homosexuales son la gente
Más romántica de este mundo. Sufren todavía más,
Dulces transformaciones del hombre y la mujer,
Obligadas a salvarse de la locura por el trasvestido salvavidas,
Adán con portaligas, Eva con bigotes, representando
Incansablemente, dulcemente, áridamente,
A los últimos héroes de la sexualidad.
 
No son ciertamente ninguna alternativa.
Ya tampoco tienen ninguna novedad.
Hay una rutina, siempre
en lo humano hay una rutina.
 
¿Y qué hay de los vampiros, el don juan tirapedos,
la chica del adiós sin caspa sobre las tetas mayúsculas,
torneada a la lentejuela sobre la barra? Nadie
en su sano juicio tomaría eso en serio.
Pero bien pensando, ya no queda nadie
En su sano juicio en este fin de siglo.
Hasta esas reminiscencias son posibles.
 
Claro que habría antes que proyectar una película o dos,
Poner música, no sé, crear un clima que se hiciera
A sí mismo sostenible. Pocas cosas dependen
Tanto del ambiente. Habría que andar siempre
Con toda esa escenografía al hombro,
Y eso es trabajo duro, pesado alquilar tantos camiones.
Definitivamente otra cosa que no sirve.
Existe también la cuestión del presupuesto.
 
La hora exacta, los extras preparados, las luces, los diálogos casi,
Casi naturales, esa mesa blanca, el florerito, la curva del gabán exacta,
Exacta. Aquí el amor es cuestión de exactitud. Hay matemáticas.
 
Impensable el tema de los hijos que desayunan y vuelven luego
De la escuela, el pijama a rayas, esas madres contentas, los primos,
Las tías, los abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, toda la colección
De cretinos en “un largo viaje hacia el final de la noche”, oh Céline,
Confundidos en un inaudible aplauso que es el de toda la especie.
 
Lo de la simulación es otro tema, todo sería más fácil si fuera posible,
De alguna real, definitiva manera, someter al otro.
Si nos creyera, si no se retorciera de risa cuando lo dejamos solo,
Creyendo que creímos que creía. Porque detrás del ojo brilla
Siempre esa luz fatídica, ese jugar a los dados solamente
Porque todas sus facetas están en blanco.
 
El amor, esa Cosa, esa porquería que insiste.
 
  
 
Una tarde en el jurásico

 
Ojalá no despertara.
Que la ciega noche me llevara
Hacia un día oscuro sin las horas
Menos una: aquélla tan precisa
Que hoy demora.
 
Lo que me salva me pierde
Y el resto es apenas mi memoria.
 
Barrida sea y lo puede una cosa sola,
Que con ella barrido será
Este universo,
Que lo abriga todo
Salvo una cosa sola.
 
Perdámoslo todo y de una vez
Ganemos en desolación.
 
Quizás así, desde la sola forma que nos lleva,
Se verá más claro: presente, pasado y futuro
Eran el verdadero engaño y los días las lenguas
De la mentira única: ése que se aleja
Nunca saltó de su silla, eso que viene no será conocido.
 
Suspendido en lo que pasa,
Indeciso como aquel que está seguro
Y yerra, siempre se verá más claro
Aunque no habrá perdón:
Esto espanta a los hombres desde el primer llamado.
 
Pero, ¿qué cuerno suena, para qué cacería?
Este halcón o palabra no volverá a la mano.


Japanese food

 
Cuál es su nombre usted era otra antes
Y ella se alegró de que hubiese alguna diferencia
 
Carmen López y usted es el primero que lo pregunta
Tomó mi sombrero y aquel ridículo impermeable verde
Que tanta gracia te causaba
 
(Aunque fuiste tú quien me lo regaló, en el momento
de abrir aquel paquete lo habías olvidado)
 
Mal de Simmons o de Porter o de ti,
Me dijeron un nombre y lo he olvidado
 
Carmen López me llevó hasta tus habitaciones
Donde sonreías entre cajas de pizza
Vacías, tiradas por el piso, o colocadas
Como si fueran pañuelos de batista
Sobre los mismos muebles
Que trajiste al abrir la casa
 
Esa casa que parecía haberse cerrado sobre ti
Sabía que habías engordado mucho
Alguien me dijo
“ha engordado mucho”
y lo siniestro era el tono
de “a mike le amputaron ambas manos
no mires mucho sus ganchos” del discreto
 
Y yo luché con tu imagen repetida miles y miles de veces a tamaño natural
Y en todo el mundo colocada en la puerta de las casas de artículos fotográficos
 
La del traje de baño y la sonrisa
Una chica de marca me miró con tus ojos detrás
Muy detrás muy adentro de tu figura como una silueta perfecta
Encerrada todavía en su bloque de mármol
 
Eso no era tan malo: yo no perdía de vista a la chica
Y Carmen López jamás la había conocido
 
Lo que me entristeció fue que tomaras la caja de pizza más cercana
Y me invitaras “japanese food” moviendo malamente tus labios
Que parecían tan pequeños en tu cara
 
Por jugar y por distraerte o por decirte algo
Te enumeré las ventajas que había en incorporar
La narrativa y mejor todavía la descripción
A los viejos arpegios de la poesía
 
Ahora que la prosa desdeña sus métodos y las fronteras
Entre los géneros levantan sus barreras
Para que pasen las mismas palabras de uno y otro lado
Las manos a la nuca y trotando
Apresuradamente por el puente
Apenas intercambiando rápidas miradas de inteligencia
Y gestos de saludo en la mitad
Aprovechando la fingida distracción de los guardianes
Pero corriendo
Corriendo siempre al otro lado
 
Japanese food comimos luego
Momentáneamente en silencio
Y sentí que masticaba tu imaginación
Y que su gusto era bueno
Y que ya no pesabas sobre mi corazón
Como al comienzo
 
Edgar Allan Poe decía lo de las campanitas y decía que no existía
tema más triste que la muerte de una mujer joven y hermosa
 
Querida
 
No es ligero ni frívolo ni estúpido decir
Que en nuestro tiempo la muerte es la gordura
 
 
   
Cinco contrapuntos para Erasmo de Rotterdam
 
I.
Gira en el espacio esta pelota de crímenes,
Cruza tu inmenso cuerpo negro, Jack Frost,
En el centro del siglo XX el Minotauro:
Contra la peluda noche de Calibán
La constelación de Ariel recortada y solitaria
¿O en la noche de Ariel
el brillo aún de Calibán?
Solo entre tus holografías
Mudo y desnudo como una figura de tapiz
Escucha Erasmo lo que dice para tus oídos de gobelino
El televisor, bestia parlante, sibila, dios hermafrodita de mi época:
 
“UN HOMBRE DE 1956
 
el perro desciende del lobo
y aun el hombre tiene del ángel
si no la espada un poco cada tanto
de brillo entre las sienes, un gran minuto
que compensa el plomo de diez años;
idéntico el hindú desnudo (que no es
el pensante payaso de sus imágenes,
sino el antiguo ario que habita el ramayana)
dice grave que al oro del tiempo
siguió el hierro, como el metal del día
se funde y se desangra en el hueco inevitable de la noche:
la alta luna que da al olvido.
veo girar la rueda: gira siempre
ya ha devorado a ovidio y a la liviana
caricia de lucano; suya y no del día
va siendo un poco más cada hora la gracias de tu albatros
tenebroso carlos clarividente. antes lo fue
la gaviota del viejo marinero.
el tiempo se alimenta de tiempo:
a mi alrededor todas las cosas dicen
que ahab cazará su ballena finalmente.
ya se inclina sobre sus libros aquella
que con ser apenas un Gran Recuerdo
era el Recuerdo. como su lector
ella tiene la cabeza blanca.”
 
Allí, en las sincronías, esto sin suceder
No detiene tu caballo en medio de la Aquitania,
Taciturno Erasmo, como la pluma sin pausa
Tampoco deja de apoyarse en la sacudida montura:
Pero Erasmo, ¿acaso tú, de la misma manera,
No haces ningún caso de las ruinas romanas que salen al paisaje,
Como ellas desdeñaron a los profusos menhires de Bretaña
Surgiendo de sus cimientos?
 
Y sin embargo, ya no es fácil separar a los bárbaros de los helenos.
 
No me digas que la Gran Madre Biológica
Quiere raptar a su niña, porque eso es fácil
Y no digno de tu rictus permanente:
Allá en la meta Tomás no es todavía San Moro
Y ya tiene en la garganta un gran tiara roja:
El hombre es el único animal que muere por ética
Y ese es el más provechoso elogio de su locura,
Esto es cierto como todo lo que dice la radio;
Pero… ¿seguirán muriendo, Erasmo?
¿O volverán en acto, después de la palabra, a la Gran Madre,
que arrime el cuidadoso alimento,
el cuidadoso cultivo de los cuerpos donados,
el cuidadoso pensamiento, en fin,
para no lastimar ninguna de las delicadas partes mientras vivan?
 
Una vez más, ¿Ariel es la noche
O lo oscuro es Calibán?
 
 
II.
Cayo Suetonio Tranquilo iba del archivo a la orgía
Murmurando entre dientes “todo esplendor perecerá”;
Él contaba los césares con los dedos de la mano
“La historia siempre juega a los naipes”, repetía,
Siempre lejos del oído poderoso de Adriano.
“Sólo yo veo la mugre de sus manos
Dejar sobre el verde de la época lo gastado de la carta”,
Se consolaba en el bullicio de los baños públicos,
Entre las apuestas y los pactos para levantar
El precio del trigo en Aquitania.
“Ella tiene los dedos sucios”, insistía en el circo
Y “¿Cuántas Romas vendrán después de ésta?” suspiraba
Sin atender a las ofertas galas del mercado de gente.
“Sólo lamento que no vaya a estar allí para llevar las sucesivas estadísticas”,
Se persuadía en la cena:
Rellenas lenguas de flamenco, alondras en hojaldre,
Tibios entremeses de carpa, lampreas en salsa de jengibre,
Jamón de oso, truchas. Peones de ajedrez
Antes del gran jabalí sabino, espléndido como un imperio
Cruzado por ríos de foscum de Falerno.
“Mientras ésta y no otra sea mi única preocupación,
Estaré a salvo de esos dedos sucios”, concluía
Antes de dormirse… al día siguiente era otra historia.
“Ah, Lucano, tú viniste al mundo a divertirte.
Ah, Virgilio, tú pasaste por el mundo seguro de una ruta más feliz.
Ah, Horacio, tu nombre está hecho de incienso y de mareas.
Todos juntos me dejaron la alternativa única de esta noche.
La otra no es menos temible:
 
ANDREW MARVELL
 
arduo y astuto, por caminos invisibles
(a la usanza de Dios)
voy llevando al corazón de los hombres
el apasionado amor por la palabra:
así como dice la rama inclinada en el estanque
muda y sin un eco pero alada
y se repite. que la sociedad de poetas de londres
brame aullidos al rey y su perrera:
mío y de john donne es el fruto amargo de la rama.
ni los dialectos que vienen de más allá del mar
ni las candideces labradas al estilo del día
pueden con la fuerza que indica
que todo perecerá: mi poesía es del hueso
que dejan tras de sí los papeles y las épocas.
cuanto es el día no dura más que el día.
pero no está desnuda la pobre,
que siempre es la Obligada y la Rota, Invicta Abandonada:
yo venceré. no yo, sino la rama”.
 
 
III.
A fin de cuentas no hemos logrado nada.
Estos bocetos, fintas sobre el papel inconcluso,
El rollo enorme que se devana y devana
Cayendo sobre el piso como los pliegues de grasa
Del cuello de una ballena.
¿No fue todo, acaso, de Gilgamesh
A lo último, el Profuso Testamento?
Erasmo, no tenemos la dicha de ser Enkidu.
¿O tu Santo Moro es acaso, en el fondo,
Más allá de las formas la forma de Enkidu?
¿Si la Palabra es la hierba mágica,
Por qué no puede encontrarla Enkidu?
¿Acaso tú no eres la forma, Erasmo,
Que tuvo Enkidu de encontrar la forma?
En Babilonia la gente no quiere hacer nada,
Sólo Erasmo dispara contra el Reloj,
Como un antiguo duelista,
Mientras el Reloj susurra:
 
“no temas la depresión nerviosa
no mires a la calle pero mucho menos adentro de tu casa
si alguien dice para animarte
“cada amanecer inventa una sonrisa”
no busques la barreta de hierro
ni le pongas pentotal sódico en el vermouth
(lo primero es mera envidia
lo segundo el eterno y simple anhelo de compañía)
cae la sombra pero tú no le temas la depresión nerviosa
 
pero cae la sombra
 
no conozco a ningún hombre inteligente
que no sueñe con ser el idiota
cuando sus dos se quedan a solas
 
pero cae la sombra”
 
Y si viene el Mantuano
No va a decirte ya que estás en medio de la vida
Ni que eres responsable de la construcción
Ni de la conservación de nada
Todo esto sucedió hace largo tiempo me acuerdo
No te preocupes: ya entonces era todo poco amistoso
Y por todos lados corrían activísimos
 
Aunque las escaleras estaban mucho menos polvorientas
Subieron y bajaron innumerables libros
 
Nadie puede soñar de nuevo con la isla legendaria
Aunque si entras allí o te das cuenta de que estás allí
Hazme caso y conserva la esperanza
Hay cosas que se dicen pero que nadie hace.
 
Por ejemplo: Jesús estaba siempre de buen humor.
 
 
 
IV.
No, decididamente no se escucha tan diminuta vocecita,
Tan mínima, casi, casi inexistente,
Que dice desde los intersticios del piso de madera,
Desde el cemento arrasado por miles de pasos,
Desde una mota de polvo que tal vez sea el sol
De otro universo recluido:
“Oye, todo saber es imaginario”.
 
 
V.
La condición humana es como un pequeño cocodrilo, Erasmo,
Hay quien lo lleva en su bolsillo y cuidadosamente
Sólo mete la mano cuando es rigurosamente necesario:
Hay quien cree que lo tira lejos
 
El animalito vuelve más grande el año entrante
Y arrasa los edificios a su paso
Con el imperativo de vengar la ingratitud
 
Sobre esto:
            Alguno se quedó con la baraja
De uno u otro lado va a despedirse de sus días
Con un gruñido bajo
 
Pero mientras tanto:
            No hay por qué quejarse despierto
            De las miradas que toleramos en sueños
            Aturdidos de jengibre como Amón el Profeta
            Como Amón el Profeta que ya en la edad
            Corría desnudo detrás de las langostas
            Agradeciéndole al viento los dones de la Zarza
 
Cuarenta años de desierto y sin bocado
No bastan para matar al pequeño cocodrilo
 
Incluso:
            Si Existe y si lo Ves, Erasmo,
            Te pondrás muy nervioso y aunque
No tengas ya bolsillos ni nervios
Revolverás el aire de tu aire buscando cigarrillos
 
  
 
 
Garbo´s building
 
                                   Suo cimitero da questa parte hanno
                                   con Epicuro tutt´i suoi seguaci,
                                   che l´anima col corpo morta fanno.
                                   ………………………………………
                                   Yacen aquí los que creyeron cierto,
                                   con Epicuro y todos sus secuaces,
                                   que el alma muere con el cuerpo muerto.
                                                                                  Dante Alighieri
 
 
Tal vez en el Upper West Side
Y no lejos del río de la mente
Está una puerta; en el invierno
Con su pala el viejo aleja la nieve
Y en el verano con lo mismo a los rudos demonios.
 
Como todos los sirvientes se parecen al amo,
El viejo como el frente fue importado de Italia
Y debajo de su camisa de lana
-En invierno y en verano-
Está hecho de hileras de sólido ladrillo.
 
El es de Mantua –dice- y el inglés barullero
Se le cae como una piel ya estrecha
Cuando blasfema en dialecto
“Esta caldera inservible”
O “la policía otra vez ha entrado por la drogas de ése”.
 
Fiel portero de antaño,
De los que sólo servían para guardar condenados.
 
El viejo ha predicho –hace ya treinta años-
Que un día nacerá un niño maravilloso
En el maltrecho edificio.
Hay quien lo sigue esperando.
El viejo me ha dicho:
 
“Amigo, para ustedes los hispanos
No hay ningún piso especial en esta rota pocilga”
Y lo seguí mansamente a través de los montones de basura
Que nadie ha barrido nunca.
“Esto es inamovible”, dijo saltando
Ágilmente sobre una pila de huesos.
Debí rodearla, avergonzado.
“Y también esto”: un tipo agonizaba
En un camastro, a la entrada.
Ni la futura viuda ni los confusos adolescentes me miraron.
“Tampoco yo tengo remedio” dijo y llamó el ascensor,
Rascándose la caspa.
 
“Los conozco a todos y de todo
Tengo la llave. Créame: no sirve
Para nada. Además, ni nos ven.
Olvide sus cuidados. Estos no van a desterrarlo.
Ni usted ni yo les importamos un cuerno.”
 
En la luna rajada del ascensor que bajaba
Había pocas cosas: unas palabras de Husserl
Y una tarde dibujada.
Nosotros ya no estábamos.
Creo también que alguien silbaba:
 
“Viven aquí los que creyeron cierto,
Con Benny Goodman y todos sus muchachos,
Que un alma nace cuando nace un cuerpo.”
No voy a acompañarlo, Siddharta:
Yo nunca hago las cosas dos veces de la misma forma.
 
Pero no tema a nadie: como usted, así son de efímeros,
Como usted, así son de estúpidos. Como usted son crueles.
 
No vayas a ensuciarte los pantalones, mi buen Arjuna.
El noveno piso es el pent house y allí vive el peor de todos.
Ten fe en lo único que posiblemente todavía sea cierto:
“Como usted, son efímeros;
Como usted, son estúpidos. Como usted son crueles.”
 
“Hulla-ba-loo, hull-ba-loo,
lullaby, lullaby,
Osiris y Adonis y el otro niño
Juntan por las escaleras
Pedacitos de muerto”,
Se fue cantando por los corredores de una nube de polvo,
El gran sombrero erecto y el reloj en la mano.
Por qué no me prestaste entonces tu intrepidez, Alicia,
Cuando necesitaba tanto tu manita pecosa
En la Casa Negra, en la Casa Oscura,
Donde bombea noche y día la Tiniebla.
 
“Simplemente
Porque todos ustedes
Desde las vidas de papel
Nos parecen idiotas.”
 
 
Primer Piso: Elianne McGohan
 
Ella estuvo en Miami
Aquella noche inolvidable
En que Jim Morrison cerró las puertas
Y se subió desnuda al escenario
“The old sacred spirit is alive!”
“The ancient holy ghost is alive!”
Gritaba en brazos de la policía
Y se golpeaba el pecho hermoso y bamboleante
“Santa, santa, santa” aullaba
En vez de “miserere”
El borracho panzón desde el micrófono
Le arrojó aquel beso
Antes de que se la ocultara
La Vía Láctea que había bajado hasta el escenario
Ella hoy tiene su Ph.D.
Y él su Pére Lachaise
Ambos enseñan poco pero bueno
Tres días a la semana
Ella en el salón correctamente iluminado
El en el más oscuro rincón del baño público
Apenas los separa un muro
Y unas pequeñas, eficientes puertas:
Es una suerte para todos
-ella incluida- que conozcan
Tan bien este trabajo
Y tengan tantos años en su oficio
  
 
Segundo Piso: Eliot Di Nucci
 
Nadie estuvo en el pasado
Y ninguno habitará el futuro.
Sólo existe este apartamento,
La ventana que da a Central Park,
El tedio infinito de mis piernas inválidas,
El reloj que indica que dentro de dos horas
Vendrá la enfermera profesional
No sabe todavía lo que dice.
Mi vida no importa:
Una sola cosa late entre estas desiertas paredes
Y hace mucho que no es mi corazón.
En alguna parte, en algún cajón, una Beretta 40
Recuerda que vengué a mis piernas con ella,
Un día improbable, indefinido, de 1964,
Desde esta misma silla de ruedas,
Vaciándole el cargador a Moe “Ametralladora” Carrick,
No lejos de aquí, en una esquina que he olvidado.
Debajo de la pistola un viejo diario amarillento
Da todos los detalles de mi asunto.
 
 
Tercer Piso: Fiona Lara Fredericksen
 
Las tapas de la mitad de las revistas de la Tierra
Ofrecen mi retrato y buena parte de ellas
Se apilan hasta el techo en este piso
Y en esta vida donde sonrío a solas.
 
  
Cuarto Piso: Maurice y Miriam Podolski
 
Las antigüedades no tienen lugar
En nuestro piso, son sólo para vender,
De 8 AM a 8 PM ocupan nuestras vidas
Y luego, al abordar el metro tomados de la mano,
Como lo hacemos desde hace 45 años,
Las olvidamos en el negocio cerrado.
En la casa postales de nuestros hijos,
Venidas de Israel, de Missouri y de Idaho,
De Venezuela, de Salt Lake City y de Baviera,
Desplazan a las lámparas firmadas,
Los camafeos, las espadas y los jarrones.
Todas las noches, después de cenar,
Solos en la sala, contemplamos
Esas cartulinas resquebrajadas,
donde la tinta ya se desdibuja,
donde las palabras se transforman,
como lo hicimos la primera vez,
Cuando todavía alguna de ellas
Era echada por debajo de la puerta.
La vida es algo que siempre
Hay que cuidar de las polillas.
 
 
Quinto Piso: Mohamed, Zacharias, Richard, Aldous “Crazy Horse”, Buzzy y, ocasionalmente, algunas chicas sin nombre de la B Avenue

 
Qué cuidado ponemos a pesar de las tantas veces que alguien se ha dado cuenta & han entrado en este piso los cerdos una vez derribaron la puerta & el asunto hasta salió en los diarios aunque buzzy dice que nadie ya lo recuerda de todos modos ¿qué estoy diciendo? & quién es nadie para saber de nosotros si tienes cautela hombre & si depositas cada mes cien dólares en la corte el desgraciado del dueño no logrará echarte a la calle con todos tus amigos es una ley de 1953 la que nos protege además somos veteranos
Recuerdo que richard que ahora no puede mover el brazo derecho por la heroína era el más alto del grupo & el más loco & el primero que dijo “metamos a la perra en la tina” esa vez que interrogábamos fuera de las reglas en ¿dónde? ¿a quién le importa? Algo sucedió en 1965 éramos tan jóvenes & metimos a la mujer en la tina & trajimos los bidones de napalm & un fósforo éramos tan jóvenes & estaba tan lejos la vergüenza de hanoi
Tiño mis canas como todos los demás, como hace aldous crazy horse aunque ya era calvo al entrar al servicio & le da miedo asomarse al espejo
¿Alguien se enteró? soy un negro desmemoriado pero estos cuatro blancos son todo lo que queda del pelotón & desde entonces estuvimos siempre juntos y no recuerdo si era buzzy o zacharias quien tenía el alquiler del piso ellos tampoco lo recuerdan nadie recuerda nada eso es lo bueno de este país & si tienes tacto amigo nadie te tocará el hombro & dirá ves esta placa & te leerá tus derechos
Son mi familia & regulamos el paso cada viernes sólo cada martes & viernes usamos las hipodérmicas o cuando creemos que es viernes & uno solo de nosotros sale cada tanto a buscar comida tenemos las pensiones & tenemos cuidado al andar por los pasillos o al tomar el ascensor como si el viejo charlie estuviera a las nueve & aquí ya no podemos usar los fusiles de asalto las granadas los morteros aunque cada tanto oímos los helicópteros y nos arrojamos todos cuerpo a tierra por las ráfagas en el gran salón donde no queda ya un solo mueble aunque yo guardo en alguna parte “la browing” ah zacharías que fue a la universidad la llama el poeta lakista dice estupideces dice que “la browing” es la reencarnación de un poeta inglés
Hace 27 años que nadie se da por enterado de que seguimos aquí y eso es bueno
Traemos putas para fotografiar 
 
 
Sexto Piso: Frances Gobernor-Coleman
 
Yo, la única hija de Algernon Gobernor-Coleman,
Que conocí el esplendor de este país
Antes de que llegaran los italianos, los irlandeses
Y los musulmanes, antes de que desembarcaran
Con sus hijos en el vientre los hispanos
Y los armenios y los judíos que huían de los zares,
Duermo mi sueño eterno detrás de una falsa pared
Del baño, inyectada de formol, emparedada
Por mi esposo para quedarse con toda mi fortuna.
Hace casi cien años que me pudro
Discretamente, sin olores ni gusanos,
Sin prisa, en este piso olvidado
Por albaceas, abogados y jueces.
Yo que conocí el suave contacto de la seda
Y la caricia del satén, el mimo de la piel de marta,
El aroma de la menta salvaje en la hacienda de Virginia,
Desde hace un siglo sólo rasco helados ladrillos
Colocados en apresuradas hileras frente a mi nariz
Y luego el sudor del cemento cuando hace calor en Manhattan.
Inmóvil pero todavía de pie,
Separada para siempre de un mundo
Que hicieron los míos
Pero que ya no se me parece.
 
 
Séptimo Piso: Leonard Barryman
 
Vine de Minnesota con mi título y mis libros
A conquistar las universidades del Este,
A imponerme a los deseos del mundo
Demostrando que en un mismo tiempo
Viven Epicuro y Alcestes, Jorge Washington y Lincoln.
Creí que todo era posible en base a una férrea voluntad,
Como me enseñaron la iglesia metodista,
Mis otras lecturas y mi abuelo que era capaz,
A sus ochenta y un años, de doblar una herradura
Con la fuerza de sus dedos vueltos rojos y blancos.
Agonizo en una burocracia que ya tenía otros gustos,
Y mi clase está compuesta por muchachos burlones,
Que no saben ni estiman lo que representó Napoleón.
Cada noche, temo a los drogadictos al bajar del autobús
Y me escurro entre las sombras, una sombra yo mismo,
Creyendo que en mi oscuro centro aún brilla
Algún canon, que soy esa leve luz complacida de sí misma,
Aunque todo demuestre que la nieve la cubrió
Y el calor la derritió. Soy el que soy, repito
Al dejar el ascensor y desde el fondo de la penumbra
Que envuelve los pasillos mi vida entera se ríe
Y me arroja cada palabra que dije como un escupitajo.
Cuando cierro la puerta, esa risa persiste.
 
  
Octavo Piso: Fernando Medina y Guimaraes
 
Vivo en el piso que fue de mis padres:
Lejos quedaron sus sudores y sus pesares.
Podría vivir muy bien en otra parte,
Pero me complace recordar,
Entre estas cosas y muebles conocidos,
Que me elevé de entre los míos
Como un dios en una máquina.
Vivo en el piso que fue de mis padres:
Aquí avarientamente juntaron cada dólar
Para educarme, cuando este era un barrio despreciable
Y ellos la hez del planeta arrojada a esta playa
Todavía con vida como para engendrarme.
Y crecí como un monstruo, como algo notable.
Soy el futuro sin freno y ya nadie podrá pararme.
 
Vivo en el piso que ya fue de mis padres.
 
  
Noveno Piso: Pent house
 
La puerta, las paredes, el empapelado, las formas. Las cortinas, las alfombras, los ceniceros, las cómodas. Los armarios, las mesas, las sillas, los sillones. Las ventanas, los atardeceres, las madrugadas, las noches, los amaneceres. La cocina, los enseres, los utensilios, los manteles. Los pasillos, las sombras, el aire a encierro, una puerta entreabierta, la humedad, la ceniza. El polvo, las telarañas, los ruidos de la calle. El baño, las goteras, los mosaicos, el espejo, la ducha, las rajaduras, el óxido. Los insectos muertos, la mugre, las colillas, los enchufes. El dormitorio, las sábanas, los libros, las luces apagadas, las almohadas. El televisor, la radio, los cables, las revistas. El salón de estar, el techo, la biblioteca, el par de sillones, la mesa baja, los periódicos, la lámpara de pie, el aparato de aire acondicionado. El balcón, las plantas de tiesto y el vacío.
 
 Una borrachera de Pico de la Mirándola

 
Toda la habitación se mece:
“Como un trirreme en Rodas” comparó un divertido
Antes de errarle al borde de la mesa
Y caer al suelo que quedaba tan lejos,
 
Allá abajo, lejanísimo, entre nubes de risas.
 
“Debemos elevar al hombre”, susurraba Poliziano,
Grave y a la cabecera como insistió y se empecinó
Su Magnificencia. Y Poliziano tenía los ojos entrecerrados
Y las manos distantes, volantes por los aires.
 
Sin duda era el girar del centro de la Tierra
Lo que se presentaba entonces con toda su belleza
Y el asombro estaba en deducir por qué
No se volcaba la vajilla, qué contrapeso
Latía en los labrados candelabros,
Qué clavaba las sillas
A la veteada petra serena de las losas,
Porque el placer de deducir, comparar y medir
-Sobre todo las fuerzas invisibles,
Ya no los “poderes”, las fuerzas
Que empujan los higos a salir
Por las puntas de las ramas,
Las fuerzas que van y vuelven del sol,
Las que inclinan las torres poco a poco
Y engastan firmemente los bloques de mármol
En las montañas, las que sostienen
A los pesados pájaros en la cumbre del aire-
El placer de deducir, comparar y medir
Es un placer moderno, lentamente refinado
Como una gota preciosa que siempre
Estuvo a punto de caer sobre el plato sonoro,
Sin otra ayuda que el esfuerzo de unos pocos.
Qué bueno es repartir cada día la cabeza:
Los miércoles bien temprano caminar
Por los alados senderos de la geometría,
Atento y cauteloso como un extraño
Que visita una a una las vertientes
De un valle salvaje.
Tener una tarde mórbida bajo el calor
Que no se sufre en el interior de un portulano,
El que guarde, todavía, las huellas no precisas
De compases que fueron minuciosos,
Y que la noche nos encuentre
Con una manzana verde en el regazo,
A medio vaciar la botella de añejo
(Como acostumbraba a esa hora Domiciano)
Reducido el mundo al incensado hebreo
Que se eleva, seguro de sí mismo,
De unas resquebrajadas páginas triunfantes
Como nosotros sobre el tiempo,
Aunque sea por un rato, de momento.
¿Qué otras inocencias puede permitirse un hombre?
¿O qué otras marcas puede hacerse en la cara?
Para todas las exaltaciones –lo siempre
Necesario, lo cada tanto imprescindible-
Debe suprimirse la comprensión
Del peso leve en el conjunto,
Pues el solo recuerdo de aquello,
Del gran agujero negro, del púlsar
Que te bebe basta para arruinar la fiesta.
Aunque con pesar los modernos debamos
Lamentarnos de no poder escribir
Una larga oda de maldiciones
Al que cien años antes plantó
La encina que casi nos aplasta,
Como podía Quinto Horacio,
Esta sigue siendo una buena inocencia.
Y Lorenzo que comprende.
¿No es una segunda maravilla
que alguien pague las cuentas?
Ese florín de oro sólo vale
Lo que pesa en sosiego.
Decirle a Rímini que venga
Y que venga Rímini.
Tomar un doble cruz de plata
De una bolsa mohosa y ver
En su anverso reflejado
El arrugado grosor de unas velas,
Henchidas y ruidosas en su puerto de piedra
Y en el reverso el hombre que baja por la cala
Y que se vuelve y te mira con tu cara,
Antes de internarse en la marea humana
Que inunda la bahía con el parloteo
De su lengua, bárbara.
Esa lengua que dominaremos el mes entrante,
La que se abrirá para nosotros como una fruta áspera.
Y los jardines de la India entre muros leprosos
Y el perro de jade que nos ha seguido
Desde Pekín, tasado inescrupulosamente,
Y que no importe.
Los rasos y las púrpuras posibles,
Caprichoso como la mujer de un cambista
Ante el espejo, oscilando
Entre el jubón violeta y la camisa de hilo de oro
(Sin librea, por siempre sin librea)
Para acompañar al Magnífico
A las canteras de sátiros.
La humana bendición es que unas horas
Nos atormente sólo la duda entre un ropaje y otro.
Asegurarse todas las mañanas y también por la tarde,
Como apenas treinta años antes de la época
Se hacía con un rezo,
De que cuando el favor y aun la memoria declinen,
Y el temblor ocultado con vergüenza en lo público
Y negado empecinadamente en privado
Se pronuncie triunfante en las manos
Y mengüen, parejamente, la curiosidad voraz
Por las certezas y el fragor del cuerpo que la anima,
Cuando en el otro paisaje comience aquel crepúsculo
Y sonriamos estúpidos ante un plato de peras
Para luego, discretamente, recobrarnos,
Seguirá habiendo una villa donada por un muerto
Y servidores y caballos aunque termines inválido,
Un grumo de hombre que alguien lleva
Por corredores que son suyos en una silla de manos.
Que el respeto o la pública fanfarronería
Detengan la codicia de los herederos,
Para tal fin da lo mismo,
Y que de vez en cuando te visite un ambicioso muchacho,
Sin duda tan inteligente como pobre
Porque venció mil obstáculos para ver al Maestro
Y que te oculte lo que ves de su secreto propósito
Y le perdones lo oculto. Bondadoso, desdeñoso.
Luego con tus últimas fuerzas ayudar al traidor.
Quiera el tiempo que sea digno, de tu sangre.
Quiera el tiempo que sea digno de tu sangre.
Y la alegría de volver, querido Pico,
Al mediodía por donde pasó todo esto
Como una nube negra y blanca, ella sí
Indiferente al pescado de Nápoles y otras viandas,
Merced a la enésima copa de bianco
De nuevo en la Toscana donde sonríe
El sol nervioso del presente,
Y que un tímido halagado por Lorenzo
Con su mesa y sus sabios te pregunte
Si es verdad que hablas y lees, sueñas
Y escribes en diecisiete lenguas;
Un hombre feliz de la especie que cree
Que ser culto es conocer otros idiomas.
Aquel rotundo sí que duró tantos minutos,
Tu ocurrencia festejada ruidosamente
Por los comensales, no menos dignos del Banquete.
Y la expresión asombrada del buen hombre.
A los veintinueve años, grueso y alto y pelirrojo,
De tan bella y larga cabellera,
Tu catarata de síes te ocultó para siempre
La árida negativa de un cuchillo fundido por Cellini
Y mal lavado por un Giardi o Mondolfo,
Donde sonreía el tétanos y hablaba mejor que tú,
Aquel que llamaba a los griegos
Tras un encontronazo en Ilión.
Felices o infelices y siempre algo minúsculo
Viene a sacarnos del Brueghel,
También nuestra Caverna.
 
 
 
Luis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956.
Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, EE.UU., con sede en la Columbia University; de la International Society of Writers (EE.UU.), de World Poets Society (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (India). Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poétes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad de Escritoras y Escritores de Argentina.
Entre otros reconocimientos nacionales e internacionales, ha recibido el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); el Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina (Buenos Aires, 1992); el Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); el Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); el Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); el Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); el Accesit 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y el Primer Premio Internacional de Poesía para Obra Publicada « Macedonio Palomino » (México, 2007). Sus 15 libros de poesía, narrativa, ensayo literario y teatro se han publicado en Argentina, Chile, España, EE.UU., México, Uruguay y Venezuela.



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